El hotel Hermitage es tal vez el más prestigioso de Mar del Plata. Por sus salones y pasillos diversas estrellas del espectáculo deambulan desde los comienzos del teatro de revista, junto a empresarios, periodistas y políticos. Durante el año no tiene demasiada actividad, exceptuando algunas audiencias y los nuevos eventos que la ciudad está empezando a llevar a cabo para atraer inversiones y turismo. Estos sucesos, como el Festival de Cine, la final de la Copa Davis o la Cumbre Presidencial en el 2005 (que contó con la presencia de Bush y se celebró en el propio hotel) son esperados con expectancia por el gallego Aldrey, un magnate dueño del Hermitage, del diario La Capital y muchas radios de la ciudad. El hall central sufrió ciertas modificaciones en los últimos años, cuando el hotel inauguró un nuevo edificio con entrada sobre Colón y modernizó las habitaciones. Es interesante ver aquellas viejas películas costeras de Tristán para ver qué tanto cambió el lobby. Cuenta con sillones confortables, alfombras que parecen pesar toneladas, espejos con diseños en bronce, bastantes esculturas y cuadros que procuran mantener el estilo clásico del lugar. Sobre los techos, sostenidos por columnas, cuelgan arañas de cristal. Además, sobre el pasillo pegado al bar, desfilan una serie de grabados y pequeñas vidrieras que promocionan relojes, joyas y perfumes. De hecho, en la entrada principal (sobre Peralta Ramos) a los costados de una red carpet, yacen publicidades de Dior, el rostro de Jude Law por un lado y el J’adore con Charlize Theron por el otro.
Algunas estrellas se sientan en el bar para hablar en voz alta y resaltar de los demás huéspedes, y también están los que usan el teléfono y repiten lo que dicen las personas del otro lado de la línea para ostentar logros de taquilla, liberando a la mente de pensar en cualquier fracaso artístico y conduciéndola de a poco por el camino de la conformidad personal.
En cuanto a mí, planeo no sorprenderme viéndolos. Y no me sorprendo, porque pocas veces me topé con verdaderos genios acá, y estuve hospedado en muchas oportunidades. Me gusta mucho el hotel. Son las 5:25 de la mañana, y dejé de escribir por un segundo para mirar por la ventana. El cielo todavía está oscuro, y a lo lejos se proyectan las olas del mar que con vergüenza se acercan a la arena seca. Se aproximan, dudan, y vuelven al mar. Son menos caraduras que los que toman café en el bar del hotel.
Dentro de unos días voy a ser otra persona. Trato de no pensar en el tema, porque temo aterrarme de solo tenerlo mucho en mente. Aun así, sé que es para mejor y que va a ser completamente positivo. El 17 viajo a San Francisco, a hacer un curso de inglés por 2 semanas. Suena bastante simple, pero en verdad no se trata de perfeccionar el idioma. Es una especie de catalizador de mi madurez, estar fuera del país sin mi familia y mis amigos por un tiempo, en otro país con gente de todo el mundo mucho mayor que yo. La gente me alienta a que lo haga, argumentan que me va a abrir la cabeza y que voy a aprender mucho, a pesar de la preocupación de mi mamá y sus constantes plegarias nocturnas. Yo no sé con qué me encontraré allá, y eso es lo que me provoca el miedo o mejor dicho, la adrenalina y la ansiedad que trae la duda. Tengo una especie de lista con lugares para visitar y cosas para hacer, algo como ‘must-dos and must-sees’, siendo el show de Jerry Seinfeld y los festejos por la asunción de Obama los principales. Planeo confeccionar una suerte de diario de viaje, relatando minuciosamente mi estadía en lo desconocido, porque de eso se trata en verdad. El desconocimiento principal no está en la ciudad (aunque nunca pisé California) sino que lo que más desconozco es a mí. No sé cómo Keko actúa en esas situaciones, ni cómo socializa. Tal vez termine disparando contra mis compañeros (ES UN CHISTE, FBI).
Miro atrás y mi orden es un desastre. Sobre la mesita todavía tengo restos de mi almuerzo acompañados de restos de mi merienda y el simpático cadáver de una Coca Cola. En la cama hay un diario, un libro al que todavía no le encuentro la vuelta, dos revistas y mi mejor amigo: el paquete de Carilinas. Y ahora que estoy tan observador, por primera vez veo el cuadro que hay por encima del escritorio. Es pésimo. Un grupo de gallinas en un galpón lleno de paja. La composición es un desastre, es un triángulo casi perfecto. El artista todavía ni descubrió el escorzo, todas las aves están en la misma posición, perfectamente de costado. La perspectiva está bien, aunque es dada por una luz físicamente imposible. La descripción de las gallinas y la paja está bien, aunque en las maderas se ven los trazos fuertes, gruesos y rápidos, como si la obra estuviera pintada por dos personas. Había hecho bien en no observar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
historia del arte a diciembre.
Publicar un comentario